Pieza de tela que cuelga en la parte superior de la cortina o cortinaje como adorno pero que es independiente de su mecanismo permaneciendo fija.
viernes, 19 de febrero de 2010
De seguro es amor
Que bellas son las uñas de tus pies,
con ese color intenso rojo y con esos condoritos.
Pero no entiendo por qué siempre tan callada, no hablas con nadie
¿Por qué al caminar se te nota cierta tristeza?
Esa mirada inclinada hacia tu derecha te hace pensativa
O esos ojos al piso ¿Qué tienen de especiales las piedras?
¿Por que las recojes? ¿Se te parecen a alguien conocido?
Por cierto, me gusta ese polerón que usas, lo que te tapas
te hace ver más misteriosa.
Hay algo que hace tu poca importancia de las cosas en la gente.
Te sientes observada ahí leyendo tu diario, pero haces como que no te importa.
Nunca has contado si de verdad te importa, tampoco sé que te gusta.
Lo que te gusta no lo cuentas, lo sé porque te miro.
Y cómo te miro.
Parece como si me supiera tus movimientos, tus gestos, tus risas.
Pero no sé tus penas, tampoco los miedos
¿A que temes? ¿Qué tomas? ¿Qué quitas?
¿A qué te sabe un puñado de arena en la boca?
¿Por qué te gusta morder las conchas que deja el mar en la orilla?
Ahí va, la cucharada del merengue del pie de limón al café
¿Ves? Esa señora encuentra que es extraño lo que haces
Te lo digo porque nunca está por acá
¿No te molesta?
¿Me escuchas? Te estoy hablando...
Todo este tiempo
¿Por qué eres así? Casi nunca hablas, parece que no me escuchas
Te hago gestos, señales, pero nada.
Ahí tú y tu pie de limón con café reazucarado.
Bueno, me vas a dejar acá haciéndote preguntas, como siempre.
Si tan sólo pudieras moverte y pasarme la sal, o la pimienta
para mi desabrido pan tostado con queso.
Hasta podría ser el ketchup.
¡Por fin! al fin una mirada, corta, pero una mirada de intriga.
¿Y si te pido la sal? o mejor la pimienta.
No, la sal así te pregunto por qué me miraste con así.
¿Es tarde? ¡pero te quiero pedir la sal, se enfría mi pan con queso!
¡Pero miraste! quieres que te diga algo ¿tienes algo que hacer?
¡¿Ahora?! ¡¿ya?!
Bueno... te la pido mañana, por ahora voy a comer mi pan con queso desabrido.
Está frío...
lunes, 25 de enero de 2010
Pieza sin paredes
Casi ninguna cama parece distinta de otra, tampoco las puertas, ni las ventanas, ni los peluches de las piezas, hasta esas pequeñas grietas de los muros se parecen unas de otras.
En realidad pareciera que cada casa se parece una de otra. A primera impresión se ven disitntas, basta con estar unos cinco minutos para darse cuenta de que al final... toda pieza se parece a otra.
No es un defecto, pero tampoco una virtud, es... una simple pieza y ya. Ningún objeto es mejor que otro, mi lámpara también ilumina, todas las lámparas lo hacen. Por eso son lámparas.
A veces la gente parece una pieza, crees que encontraste algo nuevo, como si tuviera algún mueble especial dentro de él. Bueno, ese mueble es tan parecido como cualquier otro. No importa la marca, tampoco si es de algodón, o de cuero, finalmente te encuentras con lo mismo. Un mueble.
No entiendo para que sirve ordenar las piezas, generalmente se desordena cuando la ordenas. Sabemos como es nuestra pieza, ordenarlas es equivalente a desordenarlas. No las ordenamos para nosotros, la ordenamos para la personas, para que cuando llegue la amiga de tu mamá no crea que su amiga tiene un hijo desordenado.
Ninguna madre quiere eso, pero aún así su orden no funciona. Si fuera así encontrarían las llaves de su auto extraviadas en su propia pieza, o encontrarían aquel vestido que usaron una vez para un matrimonio y al momento de llegar el segundo, no está.
Si fuera fácil vivir en una pieza ahogada en ropa, si tan sólo alguien viera distinto el polvo de mi pieza con la de otro. Si todos los días viernes no quedara la ropa sucia del colegio en una silla, y si aprediéramos a no vivir en vacaciones permanentes... probablemente imaginaríamos que no estamos en nuestra propia pieza, y que hay un intruso igual a tí en tu cama.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Vuelo suspendido
Viene de un calco cedular desconocido. ¿A donde se fue nuestro pasaporte y nuestro vuelo juntos?
Nunca sabrás que fue enterrar los pies en tal cemento fresco para que otro se llevara el vuelo contigo y mi pasaporte.
Nunca sabrás que es estar todavía sacando las grietas de mis pies, el cemento seco, duro, difícil de sacar.
¿Donde está el vuelo? siempre te quise poner alas para que volaras conmigo, me quitaste las mías para darle el vuelo a otro. A alguien misterioso para mi y también para tí. No hay nada que ver, nada que tocar, ningún papeleo es importante para casarte con él. Si quieres toma el vuelo mañana a la hora que se te antonje, la condición es que lleves su equipaje.
Que maleta la que te pesa, te quedarás en las raíces que has tirado, trata de volar ahora. Inténtalo con mi pasaporte, el que no tomaste, si es que alguna vez te atreves a volar.
Apúrate, que ya va a despegar, veré tu vuelo desde atrás como siempre.
martes, 17 de noviembre de 2009
El callejón del gato
Sugiere una vida de caminos con finales distintos, tal vez parecida a alguna muerte felina, o quizá a la de un tercer piso. Los que miran y no miran para cruzar la calle, los que duermen y no duermen en cajas, los que rompen cartones y los que encuentran un paquete de papas fritas saladas con restos de fritura esparcidas por basura.
O un viejo del saco, tal vez un saco de comida para gatos, o un gato en el saco para comer, o quizá un saco con gatos muertos y comida rancia para enterrar.
Qué peregrina se ve la vida desde los ojos de un gato, que dócil se nota un viejo apoyando su cabeza en una banca verde gastado, que ágil se ven los movimientos felinos en la noche, y que poco se notan los sueños de un gato en un día de callejones.
No se nota la diferencia entre las palamas de un niño con la panza de un gato gordo, no se notan tonos distintos en su sangre. Se parecen en harto lo que no se parece y parece ser que nadie supiera.
Porque final hay y sus nueve finales valen lo mismo que el primero. Ahora mismo se encuentran contra el suelo unas cuantas colas, y unos cuantos bigotes grises. Se duerme en el día y se acuesta en el sueño, durmiendo en cajas hechas de techo y de botellas de cerveza con aliento a pezón de madre.
Se parecen a los finales sin rumbo, a los finales que parecen ser de día o de día, depende si se es un gato o no.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Mentira Infantil
Con o sin costras de una tarde de pelota
Con o sin risas y llantos en la entrada del jardín
De mentiras sonrientes, de las que emanan olores a chocolate salado
Recortes de animales y tiranosaurios en el cuaderno dentro una mochila vacía
La llegada a una casa de mentiras, la casa de muñecas
Una plastisina dura con pelos debajo de la cama que espera ser encontrada bajo la sombra de una familia rota.
Pobre niño mentiroso, se ríe en la pieza con la bola de plastisina dura y llora bajo un techo seco que se ríe de él.
jueves, 11 de junio de 2009
Sin tinta para el nombre
El nombre de ayer, el de mañana y quizás el de pasado mañana.
Que cosa la mentira del olvido, que cosa tan grande fue la composición del que calló en su propia tumba.
Sin crecer es la verdad del niño, y si manchado se ve su nombre cuando nace, es porque queda en el olvido.
Cretino el que crea, y más el que destruye.
Sin ser creado se destruye la creación.
Sin ser destruido no hay reencarnación.
Y si se limpian las manos ensangrentadas en tinta negra, será tarde para el nombre escrito.
Si me llamo nombre, díganme de otro modo, porque la pluma es seca sin nombre.
martes, 19 de mayo de 2009
El paraíso
Caminan descalzos entre cenizas y humo con olor a querosén. Sin ver nada ni a nadie, comiéndose los cuerpos negros que van quedando enterrados en polvo grisáceo. Gritos de agonía todo el tiempo, dolor y desamparo. Nadie ve nada, topos a la luz del día muertos de hambre.
Sin previo aviso, hay luz. Cada uno de esos seres sienten un escalofrío desde su columna vertebral hasta los hombros, como si alguien los tocara por dentro de sus desmusculados cuerpos.
Tenía el rostro de alguien, pero no es descriptible, era hermoso, o tal vez hermosa. Venía bajando del cielo, el humo se iba mientras se reconocían tocándose los rostros, las cenizas volaban por el cielo y los pies de la figura iluminada tocaban el suelo.
Era un ángel, un ángel precioso, descalzo cómo la gente del lugar, sólo que tenía cicatrices abiertas en ambos pies y manos. Extendió las alas y sus brazos, entregándose.
Maravillados con la figura, en un silencio absoluto, nadie se atrevía a moverse. Uno de ellos se acercó, a un paso muy lento. se encontró a los pies del él. Sus cicatrices sangraban, le cayó una gota en la frente, eran sus manos que también estaban sangrando.
Una vez frente a él se movió lentamente para abrazarlo. El ángel pareció ceder, porque no se resignaba. Su piel estaba tibia, las frías manos del hombre tocaron la espalda angelical. Llegó a las alas, blancas, encandilantes, plumadas, llenas de vida.
No se había dado cuenta, pero el ser iluminado lo estaba mirando a los ojos, se acercó más a él, algo le susurró en la oreja. Le besó la frente, nadie escuchó lo que dijo el ángel, pero se dieron cuenta de que el hombre lo estaba abrazando más fuerte.
bestialmente el humano le arrancó la alas, como si desplumara a un ave para quitarle el vuelo. El hombre se tiró en sima de él, golpeando su rostro para desfigurarlo. Seguía golpeando su cabeza contra el piso, arrastrando su rostro entre las cenizas, las plumas volaban entintadas en sangre cayendo lentamente al suelo.
La gente simplemente miraba, sólo captaban que tenía los ojos abiertos mirando el cielo y que sus cicatrices se habían cerrado. El aldeano apuntando al cielo gritó con una voz fatigada "¡Aquí hay comida, coman, coman!".
El pueblo corrió hacia el ángel como si fueran hormigas que van al pan fresco. Era tal montón de gente, que sólo se veían plumas, tripas y sangre volando por el aire mientras que en ese lugar, ese oscuro lugar, era cerrado por una capa de humo densa.
jueves, 23 de abril de 2009
El poema de una madre
Miren hijos, que en mi vientre yo siempre los tengo, nunca me iré. No vean a la gente que se va en un metro desolado, que darse vuelta para verlos por última vez significa verlos por siempre.
Siempre los quise, siempre los querré. No existe soledad en lo que les digo ni en lo que escucho, soy su libro personal. Les digo mis niños, no publiquen sus sueños en el diario de vida que guardan debajo de su cama en un candado que les relata mentiras, no está hecho para ser visto como un periódico.
No vengan llorando hacia para parcharles el dolor cuando se caigan y desgarren una herida que no cicatriza, nadie puede, ni yo que los quiero tanto, porque no es cosa de consolarlos ni de darles consejos que sean en vano.
No acaba todavía mis angelitos, cuando les compre alas podrán bajar y tocar tierra. Por ahora estamos unidos, pero el cordón no llega hasta tan lejos, no quiero dañarlos, puede que les duela la caída. Porque si lo tiro se corta, y si se corta los pierdo y cuando los pierda serán felices.
jueves, 19 de marzo de 2009
Resplandor anónimo
Resplandor anónimo
Ese día, Vicente cada vez parecía más nervioso. Ya casi no le quedaban uñas, sus dedos estaban arrugados de tanto chupárselos, hasta sangre salía de sus callos de tanto morderlos. No parece llegar a ninguna parte, sólo se queda observando la tienda de joyas, eran las típicas chuchearías que a las mujeres les encanta usar, no sabe si es una obsesión que aparece en las mujeres desde que nacen, algo así cómo un hechizo de la propia mente femenina que impulsa su curiosidad hacia los objetos brillantes que pueden usarse tal como una prenda de vestir.
Pero para él no significaba nada, era tan solo un brillante burdo, que no tenía mayor relevancia. Aún así se queda observando las joyas, busca desde la más grande y brillante, hasta la más pequeña pieza deslustrada del lugar. Ninguna de la vitrina le gusta, no tiene esa chispa que prende la mente femenina, ese deseo consumista que parece una competencia con la luna, para juzgar cual de las dos brilla más en la noche.
La verdad es que en su mundo masculino no existe tal cosa, es por eso que decide buscar dentro del lugar. Entra con una sonrisa sarcástica y sus manos en los bolsillos, que delataba su poca experiencia en las compras de ese estilo. Inspecciona sutilmente el lugar con miradas confusas hacia su entorno. De pronto, su mirada se queda fija en el rostro de una mujer, ahí estaba ella, la única mujer que ha conquistado el alma de este hombre. Se encogió de hombros, pero ésta no prestó atención, su papeleo la descontentaba del mundo. Ignoraba a su cliente, pero éste no quitaba su mirada en el rostro de su amada. Estaba perplejo, su voz en ese momento no podía salir, su temor lo dominaba, pero eso no lo iba ha hacer retroceder. Tenía que decir las líneas del típico comprador para llamar su atención, parece una tarea fácil, pero para Vicente era dejarlo entre la espada y la pared. Abrió la boca, pero su voz no salía, su esfuerzo era tremendo, un murmullo salió de sus labios, aún así la mujer no escuchaba. Lo intentó de nuevo, pero no hubo respuesta por parte de la mujer.
Un hombre que pasaba con prisa chocó con Vicente, tirándolo al suelo donde su hombro derecho fue el que amortiguó su caída. El ruido provocó una reacción inmediata de la joven, lo ayudó a ponerse de pie, sonrió y le pregunto dulcemente: -¿Se encuentra bien señor?
El hombre afirmó con la cabeza, intentó hablar y le dijo tartamudeando entre dientes:
-Disculpe señorita, ¿Me podría enseñar algún tipo de anillo de bodas para una mujer?
-Por supuesto caballero, dígame… ¿es para alguna mujer en especial?
Afirmó con la cabeza mirándola a los ojos. La dama sacó un libro lleno de variedades para elegir un tipo de anillo. Vicente con mucha calma volteaba las páginas, buscando su eslabón perdido, hasta que encontró la prenda perfecta, la señaló con su dedo casi sin uña.
-Creo que este es el anillo perfecto.
La mujer miró la foto riendo: -Es el mismo anillo que mi esposo me regaló para tomar mi mano.
La sonrisa de Vicente se tornó cada vez más falsa, trató de disimular con una expresión sarcástica de sorpresa y alegría.
-Ah...bueno, supongo que me lo llevaré.
Salió de la tienda con una pequeña caja en su mano, la abrió, ahí estaba el anillo. Se dirigió hacia una fuente de agua, tomó la joya y la arrojó a las profundidades.
Dedos crujientes sabor chocolate
Dedos crujientes sabor chocolate.
El crujido de los agotados dedos de mis pies sonó a galletas trituradas por una mujer ególatra. Un sonido fino, rebelde, engañoso, desordenado, misterioso. Devora esos pedazos de galletas tratando de taparse la boca para que nadie la mire comiendo. Una boca inalcanzable hasta para la vista. Que galletas más afortunadas, boca húmeda misteriosa, y a la vez que lástima por ellas, que por todo lo bueno que pasa por tal mujer termina triturado con la facilidad de ser galletas entre sus dientes. Abrir la caja de Pandora queda como un caos pequeño comparado a esa boca que te promete el cielo y alejarte del infierno, al final, te deja entre medio de ambos. Terminan dándole una esencia afrodisíaca sabor chocolate, que por cada suspiro vende una entrada al motel de sus labios que se hacen llamar vírgenes.
Es cansancio físico de verla tantos días, tantos recuerdos y desesperanzas soñadas. Llegaba la noche y se colaba entre mis sueños sin preguntar, amanecía y me encontraba con un envase de galletas sabor chocolate entre dedos dormidos. Pasé varias etapas que ni recuerdo. Pensaba estar loco, esquizofrénico, escuchaba labios femeninos triturando mí cabeza.
Caí en mi cama un día de delirio como cualquier otro, sin saber que la respuesta estaba frente a mis pies. Estaba enterrado en mi cama con los zapatos puestos, para que mis dedos no pudieran crujir.